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Salir corriendo

Sofía González Rojas (4ºB)

(Primer premio de relatos categoría Bachillerato)

Arroz, azúcar, yogures, galletitas saladas, mandarinas, leche... ¿Qué más? ¡Café! Sí, café. Gracias a él sobrevivo día a día. Pondría también algún dulce, algo para darme un caprichito, pero él me diría que no, que eso me haría estar más gorda de lo que ya estoy.

Qué idiota es. A veces me entran ganas de decirle que qué bien que se tira horas y horas sentado delante del sofá hinchándose a cervezas,como un gorrino, y yo no le digo nada. Cerveza... Sí, me convendría también apuntarlo en la lista, no sea que se beba las que le quedan y luego lo pague conmigo por no haber comprado más.

 

Me levanto de la silla, doblo el papelito donde he apuntado las cosas que hay que comprar y me propongo a cerrar el bolígrafo cuando un viejo recuerdo vuelve a mí. Cuando era una adolescente, solía pintarme caritas sonrientes en las manos cuando me aburría en clase. Me podía pasar toda la hora diseñando caras con tal de no atender.

Vaya, ¿por qué no me pinto una? Sería como estar en el pasado. Suena bien. Muy bien. Estar en el pasado, sin él... Cierro el bolígrafo. Me quedo mirando mi mano. Dos puntos y un paréntesis. Qué fácil se me hace plasmar la felicidad en un dibujo y no en mi cara, en mi ser.

Echo un vistazo a la cocina para ver si todo está en orden. Bueno, hay algún que otro trapo mal colocado, pero no tengo ganas de ponerlos bien. Ya he limpiado bastante por hoy. Me dirijo hacia mi armario dispuesta a elegir la ropa para ir al súper. Mirando las opciones de preciosas prendas que hay, ¿por qué no ponerme algo más mona de lo normal? Total, hace mucho que no me arreglo, que no salgo con mis amigas, ni con él. Decidida, cojo una falda rosa con estampado de flores, una camiseta blanca con tonalidades rosadas y unos zapatos con algo de tacón de color también blanco. Al mirarme al espejo me parece que, aunque hace tiempo que no me pongo este conjunto, me sigue sentando bien. O por lo menos algo aceptable.

En el cuarto de baño, me pinto la raya del ojo y me aplico algo de maquillaje para tapar las arrugas y las ojeras. Es impresionante lo que ha cambiado mi cara con el paso de los años. Sobre todo en estos últimos trece años, desde que estoy con él. Bueno, será casualidad, no sé, estoy en unos años difíciles, es sólo eso: las facturas, los muebles algo estropeados, ocuparme de la casa yo sola, estar sin trabajo... ¿Me pongo un moño o dejo mis tirabuzones sueltos? Quizá sea mejor la segunda opción.

Una vez lista, cojo las llaves y el móvil, aunque este último, en verdad, no lo uso para nada.

Abro la puerta. No. No, por favor, ahora no. Me lo encuentro en elrellano, dispuesto a entrar en el piso. Me quedo quieta, no esperaba encontrarme con él. De hecho, mantenía la esperanza de salir del edificio sin que me viera. Como siempre, la suerte no está de mi parte.

-¿Adónde vas así vestida, Clara?- me dice, parpadeando como si no creyera lo que ve.
-Pues iba al súper, porque ya faltan algunas cosillas en casa.- digo intentando aparentar normalidad. Se ve que lo mío nunca ha sido fingir.
- Enséñame la lista de la compra, anda.- extiende una mano, esperando que le dé lo que me ha pedido.

Por supuesto, se lo doy. Se enfadaría mucho si no lo hiciera. Se creería que le estoy desobedeciendo, y eso no es bueno.
- Mmm... Pero, ¿para qué quieres galletitas saladas?- me dice con un deje de amenaza.

- Pues, no sé, yo pens...
- ¿No sabes?- me interrumpe- Entonces lo quitamos, es mejor no gastar dinero en cosas innecesarias. Cerveza... Muy bien, compra unas cuantas, que hoy vengo molido del trabajo. Me han dicho que me tengo que esforzar más. ¡Como si no me esforzara ya lo suficiente! Es sobreexplotación, en serio te lo digo, querida. ¿Has pensado alguna vez lo extenuante que es?- me dispongo a responder, pero no me deja.
-No, claro, sé que tienes tus estudios de Historia y Arqueología, tus doctorados y eso, pero ya sabes que mientras estés conmigo no tendrás que utilizar tus delicadas manos para rebuscar entre tierra ni nada por el estilo - me sonríe y me coge las manos-. Solo te tienes que preocupar de limpiar la casa. Y correctamente, porque es lo único que haces.

Por dios, es tan gilipolla. Me menosprecia, es como si yo no sirviera
para nada. Nada. Lo odio.
- Ya - respondo, aún así, con la cabeza gacha-. Bueno, me tengo que ir
a comprar, que al final van a cerrar.

Le doy un beso fugaz en los labios, algo asqueada, y llamo al ascensor. Sé que me está mirando fijamente, evaluándome, aunque no sé por qué.

Dios, el ascensor tarda media vida. Cuando finalmente llega, abro la puerta a toda prisa y rezo para que...
- Espera.- Su voz no admite réplicas.

Me paro y empiezo a temblar.

- Ven aquí.

Voy.

- ¿Por qué vas así vestida?- Me vuelve a repetir la misma pregunta, pero cambia el "dónde" por el "porqué". Esto es malo.

- Pues no... no sé, me apetecía. Me he mirado al espejo y me han entrado ganas de arreglarme un poquitín.

- Pero... ¿Para qué? A ver, a quien le debes parecer guapa es a mí, ¿no?
- S-sí.

- Entonces, da igual que vayas en pijama a la calle mientras yo te vea bien, ¿no?

- No te entiendo.- consigo decir. Aún así, sé perfectamente cómo va a acabar esto. Por eso, ¿por qué alargarlo más?

- Que al único al que debes impresionar es a mí, no a otras personas. A ver si de buenas a primeras un tipo se te acerca o algo por tus pintas y...- le da un puñetazo a la pared- ¿Ahora me entiendes?

- Sí. Esto... ¿por qué no vas tú a comprar? Es que me siento algo indispuesta, habrá sido algo que habré comido, no sé... querido.

Quiero llorar. Siento que quiero llorar.

- Me encuentro algo cansado, amor. Pero si tú me lo pides, yo voy.- me sonríe otra vez con esa sonrisa que en su momento me enamoró pero que ahora no quiero volver a ver en la vida.

Le doy la lista y le veo marcharse. Suspiro.

Mejor entrar, no sea que la vecina salga, me vea y se compadezca de mi otra vez. Otra vez. Como siempre.

Al cerrar la puerta, me miro en el gran espejo de la entrada. Al comprar el piso, me impresionó el gran tamaño que tenía y lo bien que reflejaba mi imagen en aquel tiempo: una chica bien cuidada, a la moda, con la juventud impresa en su cuerpo y la alegría y ganas de vivir plasmadas en su carita. Pero, ¿ahora? Ahora quiero que ese espejo desaparezca. Me devuelve la imagen de una mujer vestida con ropa diseñada para jovencitas que quiere parecer menos vieja. Un pelo de estropajo que ni con los mejores peluqueros saldría bien parado.Una cara que, en un intento de tapar las imperfecciones, había envejecido más que si no me hubiera puesto maquillaje. Patético. Lo que no sé es cómo antes me había visto guapa. Menos mal que esta él para abrirme los ojos y evitar que haga el ridículo en público.

Unas lágrimas ruedan por mi cara mal maquillada y corren la raya que con tanta primura me había hecho. Pero, ¿qué estoy diciendo? Me ha humillado y ahora me estoy humillando a mí misma. Todo gracias a él. Todo por culpa de él.

Sé que algún día me cansaré, que me habré cansado de esperar que cambie, de perder a solas la razón y, entonces, haré mis maletas y me iré y viviré. Algún día.

Al llegar al dormitorio me quito la ropa y me dispongo a ponerme el pijama cuando me paro. Será mejor no vestirme. Total, cuando llegue, volverá a decirme que está muy cansado y que necesita algo de cariño. Así, sin un beso ni nada, me quitará las bragas y, sí, me follará hasta que él se sienta bien. Mientras lo esté haciendo, yo estaré sufriendo, derramando lágrimas y preguntándome el porqué. Cuando acabe, me preguntará que si me ha gustado y le tendré que decir que sí. Al instante se acordará de un partido importantísimo de fútbol que retransmiten dentro de nada y se irá al salón. Por el pasillo, me gritará para que le oiga bien que quiere una cerveza bien fría y que le haga algo de comer, que no tiene ganas de hacer nada. Yo me levantaré de la cama, me subiré las bragas y, sin más ropa, haré lo que me ha dicho que haga. Al llevárselo al salón, me dirá con un tono despectivo que me tape, que se me ve algún que otro michelín y que le perjudica a la vista. Al girarme, me dará un tortazo en el culo y yo, como un autómata, me dirigiré para ponerme, ahora sí, el pijama. Acto seguido, iré a la cocina, me sentaré en la misma silla en la que hace poco estuve haciendo la lista de la compra y empezaré a mirar las facturas. Después de dos minutos, empezaré a llorar en silencio por mí, por mi vida, preguntándome, como siempre, el porqué de todo esto.
Él me llamará para que le lleve otra cerveza. Yo iré, secándome las lágrimas. Me dirá que no llore y, al no responderle, me pegará una torta y me tirará. Me quedaré en el suelo, quieta. Él me dará una patada y me dirá que me aparte, que no se concentra en el fútbol por mi culpa.

A rastras, deambularé por la casa en busca de un libro y, en un rincón, empezaré a leer, a aislarme de todo, de él.

En mi delirio oigo la puerta.

- Cariño, no te puedes imaginar lo cansado que vengo del trabajo.
- Algún día, todo esto pasará. Algún día... dejaré de alimentarme y consolarme de mi propia soledad.