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Las oscuras golondrinas

Relato premiado en el concurso literario 2011.

Autora: Lucía Gutiérrez Sáez (2º ESO B)

Lo noto. Lo percibo. Siento que cada rincón de mi cuerpo tiembla todavía al pensarlo. Hasta el más recóndito lugar de mi interior se derrumba solo al pensar que, tan solo hace unas semanas, uno de mis más preciados sueños se hundía como barco en la tempestad, convirtiéndose en una de mis peores pesadillas. Así son las cosas ahora. Desde entonces, nada en mi vida sale como lo deseo. No me explico ni siquiera cómo puedo aprobar los exámenes si nunca puedo concentrarme al estudiar. He perdido el interés por mi aspecto. Ya me da igual llevar el pelo de una manera o de otra, pues ya no tengo ilusión para mostrarlo. Y dicen que arreglarse debe ser para una misma, pero la verdad, miro mi reflejo y no me importa mi apariencia. Mi mundo entero se derrumbó, y ya nada me importa.
Desde aquel día que jamás debió aparecer en mi calendario, nada está en su lugar; mi mejor amiga está rarísima, no conmigo, sino con todos. Quiere llevarse todo el día en la calle; sin embargo, yo no tengo ganas ni de ver la tele. Está en contra del mundo, y no se da cuenta de lo que le ocurre. Claro, hace unos años me ocurrió a mí, pero no notaba nada; pero ahora que le ocurre a ella, ya sé lo que me pasó. Pero ahora no me ayuda mucho, pues ella nada más que quiere estar con ellos, y precisamente estar allí no me ayuda en absoluto.
Tan solo me distrae, me ayuda a evadirme, la música, mi única compañera y la que jamás me ha abandonado. Escuchar música es la mejor manera de olvidar todo lo que ha sucedido. Pero sé que lo peor no ha hecho más que comenzar, pues seguramente dentro de poco veré cosas que no deseo en absoluto, si no quiero volver a llorar de nuevo. En verdad, ya he empezado a ver cosas que jamás quería ni pensaba que iba a ver. De hecho, empecé a verlas hace aproximadamente una semana, cuando todo estaba demasiado reciente. Pero ayer ya... Ayer fue el colmo. Lo peor que pude ver, en ese momento y en esas condiciones. Los vi, agarrada ella de su brazo, y luego de su mano. Se volvió a derrumbar mi mundo. Sentía como si una avalancha de rocas cayera sobre mí, golpeando directamente mi pecho, justo en el corazón. Otra vez percibí que las lágrimas iban a brotar de mis ojos, de manera incontrolada e incontrolable, surcando un cauce que ya hacía tiempo que se había abierto en mis mejillas. Y me hablaba Juan, escuchaba su voz que me comentaba el plan para el cumpleaños de María, pero mi subconsciente estaba ocupado de una sola cosa, y no podía apartarlo de ella: esa imagen que me sacudió de pies a cabeza, y que desde ayer no para de reproducirse en mi mente como si estuviera ocurriendo, de nuevo, una y otra vez. Ese día que no debió aparecer en mi calendario jamás, sobre todo en este año. Fue cuando volví a sentir un frío que helaba todo mi ser, en el que perdí ese brillo en los ojos que él me hizo recuperar 23 días antes de ese maldito día... Bendito día cuando todo empieza, bendita ilusión infantil, bendita historia que me renovó por completo, que me hizo madurar de una manera fascinante, y maldito día cuando todo acaba, en el que se pierden todas las ilusiones, todas las alegrías, y a partir del cual se inicia un proceso de enfriamiento en el cuerpo, que es imposible volverlo a controlar, a no ser... A no ser que él volviera a mi vida. Un imposible. Imposibles y más imposibles en mi vida. Un solo sueño hecho realidad... Que luego se convierte en una pesadilla, en lágrimas y en tristeza que son imposibles de describir con palabras. Todos mis sueños... En un cubo de basura, olvidados, perdidos, y a nadie les importa. Brotan lágrimas de mis ojos. Lo recuerdo de nuevo. Empiezan a caer una, seguida de otra, y de otra... Como mis ilusiones, mis sueños. Todos caen en la mesa, y luego se limpiarán, llegando a no se sabe qué lugar. Como mis lágrimas. Se extienden en el escritorio, brillan... Pero dentro de ellas se esconde mi corazón roto, mis penas, penas que jamás podré volver a convertir en alegrías.
Lo entiendo. Son sentimientos típicos de adolescentes, que no tienen ni pies ni cabeza, no tienen sentido alguno para el maduro pensamiento de un adulto, que ya ha vivido bastante como para poder juzgar perfecta y razonadamente lo realmente importante de lo que no lo es. Pero... es algo que formará parte de mi forma de ser, lo que a sentimientos amorosos se refiere. Puede que exagere en un principio, pero es con totalidad todo lo que este joven corazón de trece años siente, apasionadamente según la opinión de algunos, exageradamente según la de otros... Pero todo es la realidad, lo que define este momento bastante duro por el que está transcurriendo mi vida actualmente y, aunque parezca lo contrario cuando río como siempre o participo en las clases con toda normalidad, estoy terriblemente mal por dentro. Es como si mi corazón se estuviera marchitando como una rosa, pues no recibe ya el calor del sol ni la frescura del agua de lluvia... él era mi sol y mi lluvia, y sin él ni su cariño, mi corazón se marchita, se derrumba como antiguas ruinas, que lo han aguantado todo durante el transcurso del tiempo, pero que en una última tormenta han cedido y se han derrumbado... Intento reponerme, no ser pesimista, pues ya no sirve para nada lamentarse. Intento ser feliz, pues no hay ya vuelta atrás. Lo que sucedió debe quedar como lección para seguir adelante y no cometer los mismos errores. Me repito una vez y otra que entierre todos sus recuerdos, todo lo que vivimos. 23 días, ¿solamente...? Pocos, sí, pero debo reconocer que fueron los mejores de mi vida. Recuerdo los buenos momentos, tantas risas... Son cosas que jamás volveré a vivir con otra persona, tal y como dice la rima LIII de Bécquer. Vendrán otros, eso sí, pero ninguno me hará vivir eso. Otras cosas, sean más buenas o más malas de las que viví vendrán, pero jamás iguales. Dejo de llorar. Logro sentir algo en mí que se reconstruye rápidamente. Algo en mí ha cambiado. Ya no me duele. En verdad, las lágrimas ya no escuecen en mi rostro antes magullado. Sé que ya acabó, tanto lo bueno como lo malo, y quién sabe, quizá una de las golondrinas que vuelva a colgar su nido de mi balcón, quizás, vuelva a ser él... Pero mientras, seguiré recordando esto con satisfacción personal y con alegría, jamás con arrepentimiento o dolor.
Me lo prometo a mí misma. Se acabó. Vuelvo a sonreír. Mañana será otro día, en el que el sol brillará y hará que la rosa que oculta mi corazón renazca, como el ave fénix, majestuosa, que renace de sus propias cenizas, de sus propios errores. Un ave poderosa que sabe revivir sean cuales sean las circunstancias, pase lo que pase.

 

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